domingo, 3 de enero de 2010

Cuestión de Fe.


Todos hemos oído hablar alguna vez de “experiencias de vida” o de “vivencias paranormales” que conectan a quien las vive con algo casi inexplicable, un “más allá” tan esquivo como atrayente. O el relato de “veo la luz” y de cómo atravesando un largo corredor se accede a un “algo” puramente espiritual. Más allá de si creamos en estas cosas, solo nos queda la experiencia, vivida o no. Y debo confesar que yo tuve esta especie de “viaje astral” en el que luego de un largo corredor podría acceder a un “paraíso” hecho a mi medida, pero quizá algo diferente del que venimos hablando.
Dejenmé situarlos en espacio y tiempo. Año: 1993, lugar: Villa Ballester. Quizá más de uno esté levantando la ceja y pensando “¿dónde joraca es eso?”, lo que no sería ilógico. Lo mismo pensaba yo de aquel remoto paraje llamado “Caballito” por aquellos años: un lugar tan inaccesible como cuasi-mítico. Pero no me quiero alejar: estamos en 1993. Mi hermana celebraba su cumpleaños como hacía siempre: mucha gente, algún que otro copetín, bebidas, etc. Uno de sus amigos, casualmente, comenzó a hablar de algo que a mi me fascinaba pero que mi mente no podía procesar saliendo de él: a este querido personaje le gustaban los comics. Y mientras hablaba con alguien que lo escuchaba más por cortesía que por verdadero interés, me acerqué silenciosamente y me uní a la “charla”. Nociones como “Crisis on Infinite Earths”, donde no había un Flash sino TRES; tomos recopilatorios; crossovers entre Superman y Spiderman (¿los héroes se conocen entre sí? ¡Dios mío!); en fin, infinidad de temas que no me dejaron dormir de la emoción y que seguramente fui el único al que le pasó.
Tan cebado estaba, que le pregunté a esta persona dónde podía conseguir todas estas maravillas. Me dijo que existía algo así como un “Parque Rivadavia” y, con el máximo lujo de detalles, trazó un mapa mental de fácil acceso desde mi hogar a él. Agregó que, al día siguiente (domingo) iría para llevarse un pedido especial de la colección completa de Legión de editorial Zinco, que si quería podía ir con él. No hará falta aclarar que al día siguiente, a las 8:00 hs (no olviden que era domingo y que él me había “invitado”) lo estaba llamando. Obviamente, atendió completamente dormido y no me mandó a la mierda por “cortesía” a mi querida hermana. En fin, decidido a ir a como fuera lugar, hice acopio de fuerzas y memoria, tomé una mochila y, cuando estaba saliendo, mi viejo, en un acto de generosidad sin límites hasta el momento, me dijo la frase que un Dios no hubiera podido expresar mejor: YO TE LLEVO.
El viaje duró mucho más en mi cabeza de lo real, pero finalmente llegamos. No sé dónde estacionó, pero entramos al Parque por la calle Acoyte. Quienes hayan ido en aquellas épocas, recordarán seguramente lo que voy a decir, pero mi vivencia fue la siguiente. Según mi comiquero amigo, el lugar rebalsaba de historietas. El estrecho corredor entre los puestos no dejaba mucho espacio: gente a raudales, libros, folletos, revistas de ciencia, información y demás, pero ningún comic. Mientras avanzaba con mi viejo, comencé a dudar de todo lo que había escuchado la noche anterior: ese hombre estaba con un vaso en la mano, sin duda borracho, delirando con sueños imposibles en donde cohabitan todos los comics que pudieras imaginar. ¿Cómo pude creer esa patraña? ¿Dónde había quedado mi poca racionalidad al no entender que tal lugar era imposible? Mientras pensaba esto, los empujones se sucedían. Nadie cedía al “permiso” espetado débilmente, hacía calor, el mal humor crecía y de repente… no sé cómo explicarlo. Allá a lo lejos, un color. Algo diferente a lo que estaba viendo hasta entonces, una forma que mis ojos ya algo adiestrados captaron casi de reojo. Mi entusiasmo se renovó, la fe rebosó y el paso se aceleró. Mi viejo me soltó la mano porque no podía mantener mi velocidad, pero apenas me di cuenta. Casi sin querer, mi vista se posó en un puesto que tenía aquellas revistas que buscaba colgadas una al lado de la otra. Sonreí inconteniblemente, iba a acercarme cuando alguien quiso pasar. Me aparté y, de casualidad, miré más allá de aquel puesto, y ahí fue cuando lo vi… Era una rotonda llena de cajas, y a su lado puestos que la rodeaban, y gente mirando, y revistas, miles de revistas, tomos, prestiges, ediciones importadas, colecciones completas. Era el paraíso, MI paraíso, con mi viejo al lado que me había llevado hasta allí. Muy pocas cosas en mi vida me dieron la alegría que sentí ahí, en ese momento mágico que atesoro como un verdadero regalo del Cielo. Quizás sea poco, quizá no. Lo que sí sé es que yo también, luego de un tortuoso corredor de tinieblas, llegué a la Luz en la que mi alma se fundió y difuminó. Y de ahí en más, obviamente, fui un CREYENTE.

The League of Extraordinary Gentlemen


The League of Extraordinary gentleman

Volumen 3, 1ra parte: “Century”



PALABRAS MÁS, PALABRAS MENOS



Somos una historia. Vos, yo, todos. Y cada una de esas historias que nos componen, a su vez derivan de otras, y esas de otras más antiguas aún, como aquella religión oriental que veía el universo como una red formada de infinitas esferas, cada una reflejando la totalidad de las demás. Desde niños tenemos esa ancestral ansia de conocer, de que nos cuenten relatos de países lejanos, de héroes olvidados, de tierras desconocidas. Y a medida que vamos creciendo, aquellas primeras historias susurradas por nuestra madre antes de dormir, y aquellos primeros cuentos que aprendimos a leer, y aquellas historias que nos empezaron a entusiasmar, y novelas, y autores, y tomos, y antologías, y enciclopedias, y cosmogonías, y el universo entero; todo eso, conformándonos hoy.

¿Qué sería de nosotros si no hubiésemos crecido con todo ese caudal de conocimiento, qué sería de nosotros sin el arte? ¿Sin las historias, sin la música, sin la pintura, en fin… sin eso que llena cada rincón de nuestra alma y cuyo molde es la medida de nuestras capacidades intelectuales?

Atesoramos cada uno de esos momentos en los que el arte nos regaló toda su ciencia, en que nos hizo ver todo con otros ojos, en que logró conectarnos con alguien quizá muerto siglos atrás, porque justamente es esa conexión la que nos define como partícipes de una misma raza, de un mismo grupo de gente que piensa, que siente, que se comunica.

Queremos parecernos a aquellos que nos causan una enorme impresión, sobre todo en la niñez. ¿Quién puede negar que no sintió alguna vez la imperiosa necesidad de calzarse una capa roja y remontar los cielos? ¿Quién puede decir que nunca quiso ser aquel agente secreto salvador de su damisela a último momento, renegando de toda recompensa o gratificación? Porque son personajes (o algo más) a los cuales admiramos y respetamos, porque se han vuelto quizá un parámetro, un modo de vida a alcanzar que no nos resulta tan lejano de cumplir. Y esos personajes cobran vida, dentro nuestro; y esa unión, esa conjunción de una idea con una voluntad generará quizá otra, que tendrá el mismo efecto en alguien más, y así sucesivamente. Porque son las historias, repetimos, las que nos poseen y a la vez nos impulsan a trascenderlas a ellas mismas. Somos la marioneta que siente, cuyos hilos y cuya historia primigenia se esconden bajo el espeso velo de la eternidad.

Jugamos con los personajes, nos sentimos ellos mismos. Nos gusta imaginarlos juntos, saber que se conocen. Intuimos que se llevarían bien de ser así; y dejamos volar a nuestra imaginación. Y eso es lo que hace Alan Moore: juega.

Es cierto que cuando hablamos de un Genio (como efectivamente definimos a nuestro autor) el análisis de su obra se vuelve más engorroso de encarar. ¿Haremos un análisis exhaustivo, personaje a personaje, citando autores, fechas y publicaciones? ¿Nos centraremos en el quién es quién, en el cuándo y dónde? Quizá para una obra tan abarcativa como la que nos compete, lo mejor sea un acercamiento más prudencial, menos minucioso, al menos en esta ocasión. Lo que no está de más, seguramente, es afirmar no solo el completo conocimiento que tiene Moore de la literatura del siglo XVI en adelante, sino del profundo amor que siente por cada uno de los personajes que “pedirá prestados” para la construcción de su propio universo. Se retrotrae hasta aquellos tiempos en los que los héroes de historietas no se paseaban por cuadritos de colores, sino que pululaban en publicaciones un tanto menos vistosas, pero a la vez no menos interesantes.

Ahondará en aquel personaje que tantos dolores de cabeza le dio a nuestro amigo Conan Doyle, pero sin olvidarse de su entorno. No olvidará que además de Sherlock, también está Mycroft, hermano del héroe, ante el cual nuestro detective se sentirá irremediablemente inferior. Mycroft lo subestima, lo llama “muchacho”, resuelve casos en los que su hermano menor no encuentra solución posible, sin moverse de su cómodo sofá. Indagará en Moriarty, mente criminal tan solo insinuada en las crónicas de nuestro detective, pero que Moore sabrá realzar y explotar de una manera brillante.

Examinará al detalle la psique de Miss Murray luego de los acontecimientos algo escabrosos concernientes a su separación de cierto conde de Transilvania; se explayará sobre la vida oculta y olvidada de un héroe avejentado que ya no cree en nada, ni siquiera en su país; descuartizará gente con Mr. Hide; hará temblar al Dr. Jeckyll; nos hará “ver” qué sucede dentro de la mente de alguien que está fuera de toda percepción; nos hundirá profundo en las aguas de la rebelión y del orgullo, encerrados en un monstruo de metal.

Y lo más interesante de todo esto es que, justamente, todo esto es lo de menos.

Lo que el autor nos cuenta no es tan interesante como lo que nos sugiere. Es decir, tendremos nuestra historia principal, con la fórmula ganadora que aprendimos en la escuela primaria: introducción, nudo y desenlace.

Veremos, ineludiblemente, cómo se conocen los personajes, cómo avanzan en la acción y, finalmente, cómo se resuelve la historia. Pero lo que está por fuera es una infinidad de detalles, de alusiones, de remembranzas, de guiños, de datos que podrían no estar, pero que justamente están y hacen todo más complejo. Moore toma a Conan Doyle, Stevenson, Stoker, Wells, Verne, Orwell, Carrol, Hugo, Cervantes, Borges, Bioy Casares y Shakespeare, por nombrar tan solo algunos, y los hace interactuar. No hay tarea más difícil. No estamos hablando de autores menores, sino de los verdaderamente grandes. Y no menos grande es su Obra, la cual perdurará en el tiempo como el legado más maravilloso hecho a la humanidad. Por eso reafirmamos que la tarea que nuestro guionista se propone es tan ciclópea como interesante, tan apabullante como excitante.

Y el resultado, como era previsible tratándose de Moore, no decepciona. El cóctel de personajes que termina poniendo en escena es tan enorme y, lo que es más importante, tan fiel a su esencia, que hace revalorar sus impresiones referentes al poder de la palabra como voluntad mágica. A cómo los verdaderos magos son aquellos que tienen un absoluto conocimiento del lenguaje. Como aquel personaje de Borges que emergía de sus sueños, que huía hacia el mundo de la vigilia y que llegaba a ser tan o más real que su propio creador.

En cada escena, en cada momento de la historia que presenciamos, dos conceptos se evidenciarán siempre: credibilidad y verosimilitud. Desafiamos al lector inteligente a nombrar tan solo un momento de la extensa obra del inglés que peque de inverosímil. Y no me refiero simplemente a la verosimilitud del relato, sino también a la cualidad intrínseca de los personajes que está utilizando. Es decir, cuando The Invisible Man se vuelve traicionero y ruin, es consecuente con el universo del cual proviene. Y lo mismo sucede con todos: no podemos criticarle ni un rasgo desviado, ni tan solo una falta de atención a la comprensión absoluta de la persona (ya no personaje) que está manejando.

Moore crea un universo de un mundo, un cosmos de un universo. Y lo hace a la perfección. Durante los tres volúmenes que comprenden la saga (o mejor dicho dos y un apéndice), no solo nos fascina con la historia que nos cuenta, sino que también nos invita a conocer las historias sobre las cuales forma la suya propia. Uno cierra el tomo que tiene en sus manos e inmediatamente quiere saber más acerca de Fantomás, o de Jean Valjean, o de Gulliver. Y cada uno de esos personajes nos enriquecerá, y a la vez, enriquecerá a la historia que acabamos de leer, porque veremos que todo encaja, que nada está puesto al azar. Pero también, cuando cerremos el tomo, querremos otro.

Y justamente más es lo que nos da Moore con el tercer volumen de reciente aparición. Compuesto por tres partes pseudo-independientes, la primera, “Century”, nos muestra más personajes, más anécdotas, más referencias. Veremos a la hija de un moribundo Capitán Nemo, acorralada contra una decisión que sabe le cambiará la vida, y que no se siente preparada para tomar. Veremos a un rejuvenecido Allan Quatermain; a una incorruptible (moral y físicamente) Miss Murray y a muchos de los otros personajes que ya hemos visto (Nemo, Mycroft, Bond, Orlando, Oliver Haddo y hasta Mr. Iff, detective ocultista del mismísimo Aleister Crowley); veremos un Londres en las postrimerías del siglo XIX, apenas recuperándose del “loco” de Whitechapel; sectas ocultistas que planean hacerse de un “niño lunar” para acabar con el mundo. Veremos, además, una sociedad rota, políticamente manejable, vacía, insulsa; veremos el coraje de una mujer que se enfrenta a su destino; veremos Poder, Gloria, dioses y demonios. Pero también nos encontraremos con un elemento inusual: esta vez, la narración tiene tintes de un musical de Hollywood. Quizá la escena más perturbadora sea el asesinato de una mujer, quien es acuchillada mientras su ejecutor no deja por eso de cantar dulcemente. Dicha canción tomará cada vez más relevancia, a modo de coro de tragedia griega que respalda y realza el trasfondo que crece con cada diálogo, cada viñeta, cada página.

Se transformará en el hilo conductor, en el centro de atención de uno y otro personaje, para acabar siendo mucho más que una descripción de lo que vemos, tornándose casi un protagonista más: la canción como Personaje, como ente movilizador de cierta conciencia ciudadana, manifiesta especialmente en sus estrofas finales.

El arte de Kevin O’Neill es quizá el mejor de su carrera hasta el momento, rebosante de inspiración y potencia visual. Asimismo los colores de Ben Dimagmaliw nos llevarán del azul lunar de una noche junto al mar, al rojo sangriento de sombríos espectros. Cada clima, cada atmósfera está muy bien diferenciada, y el contraste entre las distintas escenas absorbe la mirada y la disuelve entre sus pliegues de infinitos matices.

Como decíamos, solo es el comienzo de una historia de tres partes, pero en ella podemos ver que Moore es un autor que no deja de abundar en ideas, en conceptos novedosos, en entusiasmo por seguir llevando hasta el límite un lenguaje que aún tiene muchísimo que dar, en seguir revolucionando el medio como lo hace desde hace más de 25 años, en seguir plasmando ese inmenso amor que exuda en cada página, en intentar siempre encontrar nuevas formas de contar lo que nos cuenta, en brindarle el respeto y admiración de artistas de otros medios considerados “más serios” al noveno arte, en contarte una historia de la san puta y a la vez abrir el juego a otros autores, todo a la vez, todo en uno, con ingenio, capacidad y mucho, mucho talento. Sin subestimar las consecuencias, sin despreciar ningún aspecto de la historia, o de sus personajes.

Porque al fin y al cabo es tan solo otra historia. Una historia más que tendremos que incorporar al bagaje de historias que llevamos dentro. Una historia que, si sabemos leerla, tendrá mucho para decirnos.

Quizá nos sirva a nosotros para tener algo que decir también. O quizá sea lo opuesto: el hecho de que valoremos una historia así, diga mucho de nosotros.

Tal vez ambas cosas sean lo mismo.

Promethea: la imaginación al poder


Los mejores escritores son aquellos que logran crear un Todo de la Nada, que componen un macrocosmos de infinitos microcosmos. Que plantan una semilla de la cual brotará un árbol de acontecimientos, gente, emociones y hechos; árbol que sabrá regar y cuidar para hacerlo frondoso, lleno de hojas cuyas líneas y surcos serán el reflejo del producto total, contenido y formado a la vez por la suma de todas sus partes.
Los mejores escritores son aquellos que, de la nada, crean personajes que respiran, que sienten, que se vuelven incluso más reales que la gente de carne y hueso, hasta más creíbles aún.
Y Alan Moore es, a mi entender, uno de los mejores escritores de todos los tiempos. Incluso fuera del ámbito de los cómics (nombre que él prefiere a “novela gráfica”) descolla con “La voz del fuego”, novela que lo enfrenta por primera vez al público sin co-equiper, sólo ante un lector quizá diferente. Pero quiero recalcar justamente esto: ya sea en novela o cómic, su enorme genio lo lleva a pensar hasta la marca de golosinas que comen los personajes: nada es trivial, nada es demasiado pequeño. Todo lo que compone el mundo en el que vivimos (sexo, pizzas, Dios, fetiches, poder, coraje, ropa, música, drogas y rock & roll), todo lo pergeña, nada descuida.
Y de esta forma, con esta minuciosidad casi demente, todos y cada uno de los personajes que han salido de su imaginación están en su mundo plantados firmemente, desafiantes, completos.

Promethea es quizá el último o más reciente ejemplo que nos ha dado de su genialidad. Pero cómo hablar de este personaje; por dónde comenzar.

Podríamos decir que Promethea es la encarnación de una niña-historia en el mundo real a través del arte.

Podríamos definirla como el poder de la mente y el espíritu inherente a cada ser humano.

Podríamos decir que es el ser más poderoso jamás concebido y que su misión es destruir el mundo conocido (concepto al que volveremos más adelante).

Pero ninguna de estas nociones llega a definirla por completo. Y es lo que sucede con los grandes personajes: es muy difícil resumirlos en pocas palabras. Uno de los autores preferidos de Moore, Víctor Hugo (escritor francés del siglo XIX), creador de una obra tan monumental como “Los Miserables” (nombre que da Moore a un grupo musical dentro de la historia) extendió y casi definió el término de “épico” con su personaje Jean Valjean. Definir a éste, decir quién es en pocas palabras, es casi imposible.

Jean Valjean es “un hombre”, y sepamos que decir eso de un personaje ficticio no es tan sencillo como parece. Es un Hombre.

Y Promethea será una Mujer, o quizás algo más.

El mundo de Promethea te brindará magia, demonios, sectas ocultistas, asesinos seriales, entes sobrenaturales. Pero también coraje, valentía, amistad, amor, entendimiento universal, sapiencia milenaria.

Las mejores historias son las que comprenden un viaje: en este caso, un viaje místico. De auto descubrimiento, de revelaciones, de cambios profundos. La adolescente-Promethea que vemos en las primeras páginas de la historia no será ni por asomo la Mujer-Promethea del final. Su viaje develará los misterios del universo y de Dios, del “árbol de la vida”, de la intrincada escritura de la kabbala, de la composición del cosmos, del destino final de las almas, del origen del Creador.

Pero lo que es quizá más importante, del descubrimiento de su propia existencia, de quién es y cuál es el sentido de su vida.

Promethea viene a destruir el mundo, o lo que no es lo mismo, nuestra visión del mundo. Viene no con el poder de un dios, sino con el de Dios. Su filosofía pondrá en jaque a los poderosos que, justamente, no quieren el menor cambio en el mundo sobre el cual tienen completo control. Su peligrosidad es tal que no dudarán en utilizar todo el arsenal del que dispongan, incluso “aliarse” con otro de los seres de más poder (aunque poder mundano) de su universo, como Tom Strong.

Esta maravillosa historia está ilustrada por uno de los dibujantes más prometedores de los últimos tiempos: J.H. Williams III.

Su arte es sencillamente fastuoso. El trazo firme, el detalle en cada objeto, la preciosidad de los rostros, la belleza de las sonrisas, la espesura de las cabelleras. Pero también la diversidad de estilos, que abarcan desde el más realista al más psicodélico, pasando por momentos pop o impresionistas, por citar sólo algunos.

Y coronado por el color de Jeromy Cox, que alcanza éxtasis de un preciosismo casi esotérico.

Esta nota podría centrarse en la meticulosidad de los hechos que pueblan la historieta. En nombres de personajes, en arcos argumentales, en plots y subplots, en nombres de editores, editoriales y hasta distribuidoras. En peleas entre los creadores con la compañía para la cual trabajan, en tiras y aflojes. En fin, en miles de detalles.

Pero lo que humildemente quisiera brindar con estas líneas es cierto entusiasmo por el valor general de la obra, por su enorme contenido.

Sábato suele decir que los mejores libros (o en este caso un cómic) son aquellos por los cuales uno ya no es el mismo luego de haberlos leído.

Mi experiencia personal con esta historia fue la de una enorme apertura espiritual y filosófica. No me cambió la vida, pero me dio una forma de pensar esta existencia terrible que llevamos día a día de otra forma.

Ojalá a vos te pase lo mismo.