domingo, 3 de enero de 2010

The League of Extraordinary Gentlemen


The League of Extraordinary gentleman

Volumen 3, 1ra parte: “Century”



PALABRAS MÁS, PALABRAS MENOS



Somos una historia. Vos, yo, todos. Y cada una de esas historias que nos componen, a su vez derivan de otras, y esas de otras más antiguas aún, como aquella religión oriental que veía el universo como una red formada de infinitas esferas, cada una reflejando la totalidad de las demás. Desde niños tenemos esa ancestral ansia de conocer, de que nos cuenten relatos de países lejanos, de héroes olvidados, de tierras desconocidas. Y a medida que vamos creciendo, aquellas primeras historias susurradas por nuestra madre antes de dormir, y aquellos primeros cuentos que aprendimos a leer, y aquellas historias que nos empezaron a entusiasmar, y novelas, y autores, y tomos, y antologías, y enciclopedias, y cosmogonías, y el universo entero; todo eso, conformándonos hoy.

¿Qué sería de nosotros si no hubiésemos crecido con todo ese caudal de conocimiento, qué sería de nosotros sin el arte? ¿Sin las historias, sin la música, sin la pintura, en fin… sin eso que llena cada rincón de nuestra alma y cuyo molde es la medida de nuestras capacidades intelectuales?

Atesoramos cada uno de esos momentos en los que el arte nos regaló toda su ciencia, en que nos hizo ver todo con otros ojos, en que logró conectarnos con alguien quizá muerto siglos atrás, porque justamente es esa conexión la que nos define como partícipes de una misma raza, de un mismo grupo de gente que piensa, que siente, que se comunica.

Queremos parecernos a aquellos que nos causan una enorme impresión, sobre todo en la niñez. ¿Quién puede negar que no sintió alguna vez la imperiosa necesidad de calzarse una capa roja y remontar los cielos? ¿Quién puede decir que nunca quiso ser aquel agente secreto salvador de su damisela a último momento, renegando de toda recompensa o gratificación? Porque son personajes (o algo más) a los cuales admiramos y respetamos, porque se han vuelto quizá un parámetro, un modo de vida a alcanzar que no nos resulta tan lejano de cumplir. Y esos personajes cobran vida, dentro nuestro; y esa unión, esa conjunción de una idea con una voluntad generará quizá otra, que tendrá el mismo efecto en alguien más, y así sucesivamente. Porque son las historias, repetimos, las que nos poseen y a la vez nos impulsan a trascenderlas a ellas mismas. Somos la marioneta que siente, cuyos hilos y cuya historia primigenia se esconden bajo el espeso velo de la eternidad.

Jugamos con los personajes, nos sentimos ellos mismos. Nos gusta imaginarlos juntos, saber que se conocen. Intuimos que se llevarían bien de ser así; y dejamos volar a nuestra imaginación. Y eso es lo que hace Alan Moore: juega.

Es cierto que cuando hablamos de un Genio (como efectivamente definimos a nuestro autor) el análisis de su obra se vuelve más engorroso de encarar. ¿Haremos un análisis exhaustivo, personaje a personaje, citando autores, fechas y publicaciones? ¿Nos centraremos en el quién es quién, en el cuándo y dónde? Quizá para una obra tan abarcativa como la que nos compete, lo mejor sea un acercamiento más prudencial, menos minucioso, al menos en esta ocasión. Lo que no está de más, seguramente, es afirmar no solo el completo conocimiento que tiene Moore de la literatura del siglo XVI en adelante, sino del profundo amor que siente por cada uno de los personajes que “pedirá prestados” para la construcción de su propio universo. Se retrotrae hasta aquellos tiempos en los que los héroes de historietas no se paseaban por cuadritos de colores, sino que pululaban en publicaciones un tanto menos vistosas, pero a la vez no menos interesantes.

Ahondará en aquel personaje que tantos dolores de cabeza le dio a nuestro amigo Conan Doyle, pero sin olvidarse de su entorno. No olvidará que además de Sherlock, también está Mycroft, hermano del héroe, ante el cual nuestro detective se sentirá irremediablemente inferior. Mycroft lo subestima, lo llama “muchacho”, resuelve casos en los que su hermano menor no encuentra solución posible, sin moverse de su cómodo sofá. Indagará en Moriarty, mente criminal tan solo insinuada en las crónicas de nuestro detective, pero que Moore sabrá realzar y explotar de una manera brillante.

Examinará al detalle la psique de Miss Murray luego de los acontecimientos algo escabrosos concernientes a su separación de cierto conde de Transilvania; se explayará sobre la vida oculta y olvidada de un héroe avejentado que ya no cree en nada, ni siquiera en su país; descuartizará gente con Mr. Hide; hará temblar al Dr. Jeckyll; nos hará “ver” qué sucede dentro de la mente de alguien que está fuera de toda percepción; nos hundirá profundo en las aguas de la rebelión y del orgullo, encerrados en un monstruo de metal.

Y lo más interesante de todo esto es que, justamente, todo esto es lo de menos.

Lo que el autor nos cuenta no es tan interesante como lo que nos sugiere. Es decir, tendremos nuestra historia principal, con la fórmula ganadora que aprendimos en la escuela primaria: introducción, nudo y desenlace.

Veremos, ineludiblemente, cómo se conocen los personajes, cómo avanzan en la acción y, finalmente, cómo se resuelve la historia. Pero lo que está por fuera es una infinidad de detalles, de alusiones, de remembranzas, de guiños, de datos que podrían no estar, pero que justamente están y hacen todo más complejo. Moore toma a Conan Doyle, Stevenson, Stoker, Wells, Verne, Orwell, Carrol, Hugo, Cervantes, Borges, Bioy Casares y Shakespeare, por nombrar tan solo algunos, y los hace interactuar. No hay tarea más difícil. No estamos hablando de autores menores, sino de los verdaderamente grandes. Y no menos grande es su Obra, la cual perdurará en el tiempo como el legado más maravilloso hecho a la humanidad. Por eso reafirmamos que la tarea que nuestro guionista se propone es tan ciclópea como interesante, tan apabullante como excitante.

Y el resultado, como era previsible tratándose de Moore, no decepciona. El cóctel de personajes que termina poniendo en escena es tan enorme y, lo que es más importante, tan fiel a su esencia, que hace revalorar sus impresiones referentes al poder de la palabra como voluntad mágica. A cómo los verdaderos magos son aquellos que tienen un absoluto conocimiento del lenguaje. Como aquel personaje de Borges que emergía de sus sueños, que huía hacia el mundo de la vigilia y que llegaba a ser tan o más real que su propio creador.

En cada escena, en cada momento de la historia que presenciamos, dos conceptos se evidenciarán siempre: credibilidad y verosimilitud. Desafiamos al lector inteligente a nombrar tan solo un momento de la extensa obra del inglés que peque de inverosímil. Y no me refiero simplemente a la verosimilitud del relato, sino también a la cualidad intrínseca de los personajes que está utilizando. Es decir, cuando The Invisible Man se vuelve traicionero y ruin, es consecuente con el universo del cual proviene. Y lo mismo sucede con todos: no podemos criticarle ni un rasgo desviado, ni tan solo una falta de atención a la comprensión absoluta de la persona (ya no personaje) que está manejando.

Moore crea un universo de un mundo, un cosmos de un universo. Y lo hace a la perfección. Durante los tres volúmenes que comprenden la saga (o mejor dicho dos y un apéndice), no solo nos fascina con la historia que nos cuenta, sino que también nos invita a conocer las historias sobre las cuales forma la suya propia. Uno cierra el tomo que tiene en sus manos e inmediatamente quiere saber más acerca de Fantomás, o de Jean Valjean, o de Gulliver. Y cada uno de esos personajes nos enriquecerá, y a la vez, enriquecerá a la historia que acabamos de leer, porque veremos que todo encaja, que nada está puesto al azar. Pero también, cuando cerremos el tomo, querremos otro.

Y justamente más es lo que nos da Moore con el tercer volumen de reciente aparición. Compuesto por tres partes pseudo-independientes, la primera, “Century”, nos muestra más personajes, más anécdotas, más referencias. Veremos a la hija de un moribundo Capitán Nemo, acorralada contra una decisión que sabe le cambiará la vida, y que no se siente preparada para tomar. Veremos a un rejuvenecido Allan Quatermain; a una incorruptible (moral y físicamente) Miss Murray y a muchos de los otros personajes que ya hemos visto (Nemo, Mycroft, Bond, Orlando, Oliver Haddo y hasta Mr. Iff, detective ocultista del mismísimo Aleister Crowley); veremos un Londres en las postrimerías del siglo XIX, apenas recuperándose del “loco” de Whitechapel; sectas ocultistas que planean hacerse de un “niño lunar” para acabar con el mundo. Veremos, además, una sociedad rota, políticamente manejable, vacía, insulsa; veremos el coraje de una mujer que se enfrenta a su destino; veremos Poder, Gloria, dioses y demonios. Pero también nos encontraremos con un elemento inusual: esta vez, la narración tiene tintes de un musical de Hollywood. Quizá la escena más perturbadora sea el asesinato de una mujer, quien es acuchillada mientras su ejecutor no deja por eso de cantar dulcemente. Dicha canción tomará cada vez más relevancia, a modo de coro de tragedia griega que respalda y realza el trasfondo que crece con cada diálogo, cada viñeta, cada página.

Se transformará en el hilo conductor, en el centro de atención de uno y otro personaje, para acabar siendo mucho más que una descripción de lo que vemos, tornándose casi un protagonista más: la canción como Personaje, como ente movilizador de cierta conciencia ciudadana, manifiesta especialmente en sus estrofas finales.

El arte de Kevin O’Neill es quizá el mejor de su carrera hasta el momento, rebosante de inspiración y potencia visual. Asimismo los colores de Ben Dimagmaliw nos llevarán del azul lunar de una noche junto al mar, al rojo sangriento de sombríos espectros. Cada clima, cada atmósfera está muy bien diferenciada, y el contraste entre las distintas escenas absorbe la mirada y la disuelve entre sus pliegues de infinitos matices.

Como decíamos, solo es el comienzo de una historia de tres partes, pero en ella podemos ver que Moore es un autor que no deja de abundar en ideas, en conceptos novedosos, en entusiasmo por seguir llevando hasta el límite un lenguaje que aún tiene muchísimo que dar, en seguir revolucionando el medio como lo hace desde hace más de 25 años, en seguir plasmando ese inmenso amor que exuda en cada página, en intentar siempre encontrar nuevas formas de contar lo que nos cuenta, en brindarle el respeto y admiración de artistas de otros medios considerados “más serios” al noveno arte, en contarte una historia de la san puta y a la vez abrir el juego a otros autores, todo a la vez, todo en uno, con ingenio, capacidad y mucho, mucho talento. Sin subestimar las consecuencias, sin despreciar ningún aspecto de la historia, o de sus personajes.

Porque al fin y al cabo es tan solo otra historia. Una historia más que tendremos que incorporar al bagaje de historias que llevamos dentro. Una historia que, si sabemos leerla, tendrá mucho para decirnos.

Quizá nos sirva a nosotros para tener algo que decir también. O quizá sea lo opuesto: el hecho de que valoremos una historia así, diga mucho de nosotros.

Tal vez ambas cosas sean lo mismo.

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