domingo, 3 de enero de 2010

Promethea: la imaginación al poder


Los mejores escritores son aquellos que logran crear un Todo de la Nada, que componen un macrocosmos de infinitos microcosmos. Que plantan una semilla de la cual brotará un árbol de acontecimientos, gente, emociones y hechos; árbol que sabrá regar y cuidar para hacerlo frondoso, lleno de hojas cuyas líneas y surcos serán el reflejo del producto total, contenido y formado a la vez por la suma de todas sus partes.
Los mejores escritores son aquellos que, de la nada, crean personajes que respiran, que sienten, que se vuelven incluso más reales que la gente de carne y hueso, hasta más creíbles aún.
Y Alan Moore es, a mi entender, uno de los mejores escritores de todos los tiempos. Incluso fuera del ámbito de los cómics (nombre que él prefiere a “novela gráfica”) descolla con “La voz del fuego”, novela que lo enfrenta por primera vez al público sin co-equiper, sólo ante un lector quizá diferente. Pero quiero recalcar justamente esto: ya sea en novela o cómic, su enorme genio lo lleva a pensar hasta la marca de golosinas que comen los personajes: nada es trivial, nada es demasiado pequeño. Todo lo que compone el mundo en el que vivimos (sexo, pizzas, Dios, fetiches, poder, coraje, ropa, música, drogas y rock & roll), todo lo pergeña, nada descuida.
Y de esta forma, con esta minuciosidad casi demente, todos y cada uno de los personajes que han salido de su imaginación están en su mundo plantados firmemente, desafiantes, completos.

Promethea es quizá el último o más reciente ejemplo que nos ha dado de su genialidad. Pero cómo hablar de este personaje; por dónde comenzar.

Podríamos decir que Promethea es la encarnación de una niña-historia en el mundo real a través del arte.

Podríamos definirla como el poder de la mente y el espíritu inherente a cada ser humano.

Podríamos decir que es el ser más poderoso jamás concebido y que su misión es destruir el mundo conocido (concepto al que volveremos más adelante).

Pero ninguna de estas nociones llega a definirla por completo. Y es lo que sucede con los grandes personajes: es muy difícil resumirlos en pocas palabras. Uno de los autores preferidos de Moore, Víctor Hugo (escritor francés del siglo XIX), creador de una obra tan monumental como “Los Miserables” (nombre que da Moore a un grupo musical dentro de la historia) extendió y casi definió el término de “épico” con su personaje Jean Valjean. Definir a éste, decir quién es en pocas palabras, es casi imposible.

Jean Valjean es “un hombre”, y sepamos que decir eso de un personaje ficticio no es tan sencillo como parece. Es un Hombre.

Y Promethea será una Mujer, o quizás algo más.

El mundo de Promethea te brindará magia, demonios, sectas ocultistas, asesinos seriales, entes sobrenaturales. Pero también coraje, valentía, amistad, amor, entendimiento universal, sapiencia milenaria.

Las mejores historias son las que comprenden un viaje: en este caso, un viaje místico. De auto descubrimiento, de revelaciones, de cambios profundos. La adolescente-Promethea que vemos en las primeras páginas de la historia no será ni por asomo la Mujer-Promethea del final. Su viaje develará los misterios del universo y de Dios, del “árbol de la vida”, de la intrincada escritura de la kabbala, de la composición del cosmos, del destino final de las almas, del origen del Creador.

Pero lo que es quizá más importante, del descubrimiento de su propia existencia, de quién es y cuál es el sentido de su vida.

Promethea viene a destruir el mundo, o lo que no es lo mismo, nuestra visión del mundo. Viene no con el poder de un dios, sino con el de Dios. Su filosofía pondrá en jaque a los poderosos que, justamente, no quieren el menor cambio en el mundo sobre el cual tienen completo control. Su peligrosidad es tal que no dudarán en utilizar todo el arsenal del que dispongan, incluso “aliarse” con otro de los seres de más poder (aunque poder mundano) de su universo, como Tom Strong.

Esta maravillosa historia está ilustrada por uno de los dibujantes más prometedores de los últimos tiempos: J.H. Williams III.

Su arte es sencillamente fastuoso. El trazo firme, el detalle en cada objeto, la preciosidad de los rostros, la belleza de las sonrisas, la espesura de las cabelleras. Pero también la diversidad de estilos, que abarcan desde el más realista al más psicodélico, pasando por momentos pop o impresionistas, por citar sólo algunos.

Y coronado por el color de Jeromy Cox, que alcanza éxtasis de un preciosismo casi esotérico.

Esta nota podría centrarse en la meticulosidad de los hechos que pueblan la historieta. En nombres de personajes, en arcos argumentales, en plots y subplots, en nombres de editores, editoriales y hasta distribuidoras. En peleas entre los creadores con la compañía para la cual trabajan, en tiras y aflojes. En fin, en miles de detalles.

Pero lo que humildemente quisiera brindar con estas líneas es cierto entusiasmo por el valor general de la obra, por su enorme contenido.

Sábato suele decir que los mejores libros (o en este caso un cómic) son aquellos por los cuales uno ya no es el mismo luego de haberlos leído.

Mi experiencia personal con esta historia fue la de una enorme apertura espiritual y filosófica. No me cambió la vida, pero me dio una forma de pensar esta existencia terrible que llevamos día a día de otra forma.

Ojalá a vos te pase lo mismo.

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